El León de Damasco

El León de Damasco

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CAPÍTULO IX

OTRO RETO

El turco empezó a soplar la mecha ya casi extinguida, alumbrando al poco rato su cruel rostro de jenízaro Muley se cercioro de que se hallaba solo y cuchicheo una palabra a la oreja de Mico.

El albano, ágil y fuerte a semejanza de los lobos de sus montañas, cayo de improviso sobre el jenízaro aferrándole el cuello hasta dejarle sin voz Hubiera podido matarle con su espada, mas, como si adivinase lo que su señor pensaba, le dejo caer a tierra e hizo uso de sus manos El fornido turco pretendió resistir, pero hubo de ceder ante la potencia y habilidad del montañés.

—¿Le mato, señor?

—No, bájale al foso, sujetándole siempre con fuerza. Si lanza un grito, estaremos perdidos.

El albanés hizo lo que le indicaban, le izo en vilo y se lo cargo como si se tratase de una criatura, no sin haber apagado primero la mecha del arcabuz El jenízaro, medio estrangulado, no ofreció resistencia No acudió ningún otro turco, y señor y criado pudieron descender con toda tranquilidad al foso, arrojando al prisionero sobre el cadáver del corcel de Haradja.

—¡Caramba, señor! He olvidado la espada arriba, menos mal que me queda el yatagán.


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