El León de Damasco

El León de Damasco

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Desde el campamento turco continuaban disparando con furia. No obstante, los proyectiles pasaban muy por encima del reducto. Los venecianos, por el contrario, no respondían al fuego, como si hubiesen abandonado la ciudad cercada El conde Morosini cumplía estrictamente lo prometido.

—Señor —observo el montañés, al ver que el jenízaro empezaba a moverse—, ¿qué hago con este hombre?

—Coloca en su cuello la punta del yatagán.

—Ya esta hecho.

—Ahora permítele aspirar una buena dosis de aire Creo que aprietas en exceso, Mico.

—Yo no soy culpable de que los hijos de los montañeses sean más fuertes que los del llano.

El prisionero, al notar que le pinchaban la garganta, luego del extraordinario apretón anterior, lanzo un débil grito. Pero el albano lo ahogo tapándole la boca con la mano.

—Óyeme bien —le advirtió el León, inclinándose hacia él—: si lanzas un simple grito para atraer a tus camaradas, no saldrás con vida de este foso.

—¡Qué! ¿De modo que no eres mahometano?

—No te interesa. Contesta a mis preguntas. ¿Ha muerto la sobrina del bajá?


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