El León de Damasco
El León de Damasco —No, aunque su herida parece gravÃsima. ¡Perra cristiana! ParecÃa invencible. Me agradarÃa mucho enfrentarme a ella.
—Te atravesarÃa de parte a parte, aunque te cubrieras con la mejor armadura. ¿Dónde se encuentra Haradja?
—En una casamata.
—¿La cuida Metiub?
—SÃ, el capitán de armas.
—¿En qué punto ha sido herida?
—En la axila derecha. Si llega a ser en la izquierda, me parece que la sobrina del Gran Almirante estarÃa muerta.
—¿Cuántos son los ocupantes del reducto?
—Veinticinco, aparte el capitán y la castellana.
—Bien.
—Y ahora que he hablado, ¿qué es lo que pensáis hacer conmigo?
—Deja que te atemos y amordacemos, y no temas. Mico, asegúrale.
El montañés le colocó en la boca una especie de pañuelo de seda y después, con cuerdas delgadas, aunque sólidas, que siempre llevaba en prevención, le ató las manos a la espalda.