El León de Damasco
El León de Damasco —No intentes huir. Tengo veinte hombres distribuidos por estas cercanÃas, y si vas a parar a su poder, como acontecerÃa antes de que hubieras avanzado mucho, no respondo de tu vida.
Tras pronunciar estas palabras, Muley subió a la trinchera en pos del albano, que se habÃa apoderado del arcabuz del prisionero.
Pasada la derrumbada muralla, junto a la que podÃa verse una culebrina veneciana desmontada, avanzaron con cuidado, por temor, muy lógico, a encontrar otros guardianes.
—¿No se ve a nadie?
—A nadie, señor.
—¿Dónde se halla el reducto en que se cobija Haradja? No distingo ninguna luz.
Se disponÃa a dar otro paso adelante cuando el montañés le detuvo bruscamente.
—Los disparos de los turcos han cesado, señor. ¿No pretenderá Alà mandar una columna al ataque con el fin de salvar a los suyos?
—Eso harÃa fracasar nuestra empresa. Los venecianos precisarán proseguir el cañoneo y los proyectiles no saben diferenciar entre amigos o enemigos.
—Por si acaso, démonos prisa, señor.