El León de Damasco

El León de Damasco

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Los venecianos proseguían disparando sus cañones, y los turcos hacían lo mismo con sus malditas bombardas, cuyas pelotas de piedra caían a montones por la llanura y estallaban igual que bombas en cuanto se ponían en contacto con la humedad de la Tierra.

El riesgo mayor provenía, no obstante, del lado veneciano, ya que al verlos avanzar podían fusilarlos los esclavones que montaban la guardia en el puente levadizo. Amo y criado lanzaron al tiempo dos fuerte gritos que dominaron los estampidos de la artillería.

—¡Cristianos! ¡Cristianos!

Un momento después cesaban los disparos de los venecianos y en las terrazas de las torres se hacía más intensa la luz, como si hubiesen avivado más las hogueras.

El caballo, conducido por aquel diestro jinete, uno de los más célebres de Asia Menor, galopaba por entre las bolas de piedra, que estallaban en todas direcciones en mil fragmentos, eludiendo ser alcanzado por verdadero milagro.

—¡Eh! ¡Eh! —exclamaba Muley, azuzando al corcel, no ciertamente sin suavidad, con el lado cortante de los estribos.

—¡Cristianos! ¡Cristianos! —proseguía gritando el albano, cuyos pulmones semejaban ser de acero.


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