El León de Damasco
El León de Damasco Los turcos no emplean espuelas: utilizan estribos muy anchos, casi cuadrados, con un ángulo bastante cortante. No fue necesario sino que Muley lo tocara con los estribos para que el caballo se lanzara a la carrera, salvando de un salto la añosa empalizada. En aquel instante unos cuantos hombres que salían del reducto por otro lado se plantaron ante los fugitivos, conminándolos a la rendición. Eran cinco o seis y, por suerte, no llevaban armas de fuego. Cayó tal lluvia de golpes sobre sus almetes, que tres de ellos se desplomaron en tierra y los otros huyeron gritando:
—¡Qué huyen! ¡Qué huyen los cristianos!
Los guerreros jenízaros se presentaron al momento. Pero ya el corcel, sin ningún obstáculo ante él, corría desenfrenadamente, no temeroso en apariencia de las balas que los venecianos continuaban disparando desde el bastión del Malamocco.
—Señor —observó el montañés—, a esto lo llamo marchar hacia la muerte.
—Aférrate bien a mí y no te inquietes. Solo nos restan por atravesar quinientos pasos. ¡Ah!
De todas las torres septentrionales de Candía habían brotado súbitamente hogueras que arrojaban una luz bastante intensa sobre el llano para distinguir a un jinete. El conde Morosini había mantenido su promesa.
—Grita con fuerza, Mico. Anúnciales que somos cristianos.