El León de Damasco

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—Recurramos a los talones, Mico. Nos han descubierto, y si permanecemos aquí, nos matarán los demás, puesto que no podemos combatir contra veinticinco.

Con no menor celeridad que los mahometanos huyeron ambos cristianos, dándose a la fuga. Los turcos abandonaban en tropel las casamatas y se oía a Metiub indagar:

—¿Dónde se encuentran?

Los fugitivos tropezaron con un caballo amarrado a una estaca hundida en tierra. El animal, al escuchar el bombardeo, realizaba extraordinarios esfuerzos para huir. Se hallaba ensillado. ¿Era el de Metiub? Posiblemente.

—Monta detrás de mí, Mico.

Una bala de arcabuz o de pistola silbó junto a los oídos de Muley. El montañés contestó:

—Sí, señor. Pero permíteme descargar esta boca de fuego con el objeto de aligerarme de peso.

—Apresúrate.

El albano apuntó hacia el grupo de turcos que se disponía a dar alcance a los fugitivos y descargó el arma. Escuchóse un grito. Alguien había caído. Entretanto, cortada la cuerda que retenía al caballo, Muley saltó sobre la silla. Mico montó tras él.

—A todo galope, señor.


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