El León de Damasco
El León de Damasco —¿Al hijo del bajá? ¿Al que después se casó con ella?
—Exacto.
—¿Y no habrá quién pueda acabar con esa mujer?
—Pruébalo tú.
—No me siento capaz de ello.
En aquel instante un proyectil lanzado por una culebrina veneciana abatió el tabique medianero, alcanzándolo de través, y ambos turcos y los dos cristianos quedaron frente a frente. Fue mayor el estruendo que el destrozo, puesto que la bóveda habÃa resistido y las dos casamatas quedaron indemnes.
Los musulmanes, al distinguir aquellos guerreros, cuyas armaduras no eran las empleadas por los soldados del sultán, desenvainaron las cimitarras para atacarlos. Pero Mico se puso delante de ellos con el arcabuz preparado y, mientras los apuntaba, exclamó con sonora voz:
—¡Entregaos o sois hombres muertos!
El León de Damasco se hallaba a su lado, con la espada empuñada, a fin de ayudarle. Ambos turcos se miraron un momento y de súbito abandonaron la casamata a toda velocidad gritando:
—¡Alarma! ¡Alarma! ¡Los venecianos!
Muley aconsejó a su fiel servidor: