El León de Damasco
El León de Damasco —Solamente paja, señor. Entremos aquà y nos será posible esperar sin riesgo alguno a que cese el duelo de la artillerÃa. ¡Y cualquiera sabe si mientras se cansan de gastar pólvora no se nos presentará una buena oportunidad para llevar a cabo nuestro plan!
—No obstante, se oyen voces —adujo Muley.
—Son los turcos que se encuentran en la casamata próxima.
—¡No poder preparar una mina para que volaran todos!
—¡Ah! ¡Si poseyésemos pólvora!
—Prestemos atención.
Los turcos conversaban entre sà en tono bastante alto para ser oÃdos a través del muro que los separaba de los dos aventureros.
—DeberÃamos huir, Metiub, a pesar del bombardeo.
—¡Necio! ¿Cuántos imaginas que alcanzarÃamos vivos nuestro campamento? Los venecianos cuentan con mejores culebrinas.
—Culebrinas… y espadas.
—¿Por qué hablar asÃ, Yussuf?
—¿No observaste cómo derrotó la cristiana a la sobrina del bajá?
—Puede afirmarse que es invencible. En Famagusta yo mismo la vi herir al León de Damasco, que era la mejor cimitarra del Imperio.