El León de Damasco

El León de Damasco

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Eran, efectivamente, marineros de Alí Bajá que se precipitaban hacia el reducto para salvar a Haradja. ¿Cuántos eran? Dos o tres millares, como mínimo, según supuso el gobernador de Candía; pero para su desgracia, aquellos bravos, teniendo la certeza de que se dirigían a una muerte cierta, amedrentados por el torrente de proyectiles que recibían de frente, no progresaban demasiado. A cada descarga de las culebrinas del bastión se veían clarear sus filas, las cuales tardaban mucho en cerrarse.

—¿Serán capaces de llegar? —interrogó la duquesa al conde.

—No es posible, señora. Y solamente un ser como Alí Bajá puede mandar tanto hombres a una muerte cierta. Nuestros proyectiles se abaten sobre ellos igual que el granizo durante una tormenta y deben producir horribles estragos entre esos desdichados. Es una cruel carnicería.

—¿No acudirán en auxilio los jenízaros del visir?

—El generalísimo es en exceso prudente para sacrificar millares de vidas por salvar treinta, a pesar de que una de ellas sea ni más ni menos que la de la castellana de Hussif. No es capaz de mandar a sus guerreros al matadero… ¡Fijaos! Los turcos no pueden ya resistir nuestro fuego y se retiran a la desbandada. Las culebrinas doman muy bien a los hombres.


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