El León de Damasco

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Efectivamente: tras aguantar durante más de una hora aquel endiablado fuego que los diezmaba, aterrorizados por la enormidad de sus bajas, decidieron desistir de semejante empeño. El reducto se hallaba aún a mucha distancia y no podía pensarse en alcanzarlo bajo aquella lluvia de mortífero plomo.

—Estaba seguro de ello. No se puede afrontar impunemente el fuego graneado de treinta culebrinas disparadas por los artilleros de la Serenísima.

—¿No volverán después?

—De momento no lo creo, Muley.

—¿Y qué ocurrirá con esos treinta encerrados en el reducto?

—Voy a hacer cuanto pueda, Leonor, para que mañana exista uno menos.

—¿De qué forma? —indagaron a un tiempo el conde y la duquesa.

—¡Por la muerte del profeta! El duelo no ha terminado todavía. Metiub debe luchar conmigo, y si desea abandonar el reducto, habrá de comprobar el temple de mi espada, igual que Haradja ha probado el de mi mujer.

—¿Y deseáis enfrentaros a esos traidores? Yo no confiaría, Muley —observó el capitán general.


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