El León de Damasco

El León de Damasco

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—Conozco a mis compatriotas, señor conde. En el fondo todos son bastante caballerosos y, una vez retados, no se echan atrás. Haced ondear mañana por la mañana en el bastión la bandera blanca, para solicitar una tregua, y comprobaréis cómo Metiub abandona el reducto. ¿Lo haréis?

—Ya que lo deseáis, así sen.

—En tal caso, esperad.

—¿Qué piensas hacer, querido esposo?

—Libertar al caballo de Metiub. El animal regresará en seguida al reducto y mañana le veremos de nuevo con el capitán de armas en su silla. Esos caballos de las estepas olfatean a sus amos a grandes distancias, igual que los perros, y saben encontrarlos.

Y Muley se precipitó por entre la densa nube de humo y desapareció al momento.

El fuego veneciano proseguía, si bien menos nutrido, a pesar de la retirada de los turcos. Por el contrario, las bombardas de los infieles permanecían silenciosas.

—¿Qué opináis sobre esto, conde? —inquirió la duquesa.

—Pienso que considero posible apresar a Haradja o, como mínimo, forzar a ese perro de bajá a que nos entregue a vuestro hijo.

—¿Un cambio? ¿Y recuperaría a mi Enzo?

—Sí, duquesa.


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