El León de Damasco

El León de Damasco

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Después, en tanto que surgían quejumbrosos gritos de la parte baja de la galera, retornó hacia proa, en la que seis hombres servían la enorme culebrina fundida en Bizancio.

—Primero un tiro bajo. Si no deja de avanzar, dispararemos a la arboladura… ¡Ocho culebrinas contra dieciséis! ¡Bah! Disponemos de mucha ventaja.

El largo cañón, que medía como mínimo tres metros, vomitó su carga con gran estruendo, que se extendió por el mar, repercutiendo de vez en cuando por las pequeñas olas que la brisa del sur pretendía hinchar.

El capitán de armas de la galeota contestó haciendo subir y bajar en tres ocasiones, como saludo, la bandera del bajá de Damasco. Pero en lugar de detener la marcha de la nave ordenó forzar el remo. Haradja enarcó las cejas y sus ojos despidieron destellos.

—¡Cómo! —exclamó—. ¿No se acatan las órdenes de una sobrina del Gran Bajá?

—Señora —adujo Metiub—, no está izada tu bandera y, por otra parte, esa galeota no es de miserables mercaderes, sino de uno de los bajás más poderosos del Asia Menor.

—Haz ondear al viento los colores de Alí.

—Huirá con mayor velocidad.

—La alcanzaremos y nos apoderaremos de ella al abordaje —repuso Haradja, muy encolerizada.


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