El León de Damasco

El León de Damasco

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—Cuando desees, señora. No nos hallamos más que a unos tres tiros de arcabuz.

—Conmina a la rendición.

—El bajá se asombrará al observar que le cañonean sus propios compatriotas.

—¿Distingues al padre del León de Damasco sobre el puente?

—No observo en la galeota ningún anciano y empiezo a suponer que puede hallarse enfermo.

Una irónica y cruel sonrisa hizo entreabrir los hermosos y carnosos labios de Haradja. El capitán, que no dejaba de observarla, hizo un gesto con la cabeza y pensó:

«¡Hum! No me agradaría hallarme en la piel de ese pobre bajá… Si se encontrasen en esa nave el León de Damasco y el capitán Tormenta, la señora lo pensaría mucho antes de lanzarse al abordaje…, y yo todavía más que ella… Pero…».

—¿Y qué? ¿Acaso requiere meditarlo? —masculló Haradja—. Creo que se pierde excesivo tiempo en mi galera.

—En seguida lo recuperaremos, señora. Aguarda un instante.

Alcanzó de un salto la escotilla central, e inclinando la cabeza exclamó con voz imperiosa:

—¡A ver! ¡Maestres, que trabaje el látigo y que se muevan los remos! Hay prisa.


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