El León de Damasco

El León de Damasco

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Se elevaron las dos anclas, orientáronse las velas, y los treinta remos de los galeotes se pusieron a la tarea, acatando las secas órdenes de los maestres. La magnífica galera abandonó la caleta, pasó una escollera, en la que se había colocado una batería, y se adentró en el mar a fuerza de remos, ya que casi no soplaba viento.

La galeota del bajá de Damasco había rebasado ya el castillo de Hussif y proseguía con lentitud su rumbo, utilizando solamente los remos. Una infernal sonrisa afloró a los labios del capitán de armas.

—¿Hacia dónde vais, desdichados? —murmuró—. Os va a resultar duro caer en manos del turco, pero eso sería lo de menos importancia… Haradja hará una de las suyas y no respetará ni siquiera al ya anciano bajá.

De esta manera hablaba consigo mismo, sentado a horcajadas en una culebrina de considerable calibre, fundida en Constantinopla, cuando se unió a él la joven, cubierta totalmente de acero y luciendo en la cabeza un relumbrante yelmo ornado con un penacho de plumas de avestruz. La coraza estaba finamente cincelada, al igual que los brazales, quijotes y grebas. Había cambiado la elegante cimitarra por una especie de espadón curvado, soberbia y mortífera arma de abordaje.

—¿Se puede ya disparar, Metiub?


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