El León de Damasco

El León de Damasco

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Portaba un par de velas latinas, únicas que se utilizaban en aquel tiempo en el Mediterráneo, pintadas también de rojo, con enormes rayas transversales azules, tres órdenes de remos y dieciséis culebrinas, todas en cubierta y emplazadas de manera que pudieran disparar en todas direcciones. La tripulación estaba formada por media docena de marineros, treinta galeotes encadenados a los bancos y cuarenta robustos guerreros turcos cubiertos de hierro y acero.

Una chalupa estaba ya aguardando a Haradja para llevarla a bordo.

—¿Falta alguno? —inquirió el capitán, dirigiéndose a los marineros.

—Ninguno.

—Vamos.

En un instante cruzaron el minúsculo puerto, y la sobrina del bajá y su capitán de armas subieron a la galera por una simple escala de cuerda.

Los treinta guerreros, provistos de pesados arcabuces, cimitarras y yataganes, constituyeron el puente de honor de su castellana, la cual, según era su costumbre, no les dirigió ni una mirada y marchó a su cámara en tanto que el capitán de armas, tras echar una ojeada a las velas y las maniobras, dio diversas órdenes breves y tajantes.


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