El León de Damasco

El León de Damasco

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—¡Eh! ¡Bordada de proa! —ordenó el capitán de armas—. Pólvora gruesa… Hay que barrer la cubierta de la galeota.

Una veintena de hombres se lanzaron al castillo de proa, donde había colocadas seis culebrinas de diversos calibres y empezaron a cañonear la galeota, organizando un infernal estruendo.

La nave fugitiva se limitó al principio a subir y bajar la enseña del bajá, pero observando que los proyectiles no dejaban de caer y que varios de ellos se abatían sobre el puente, empezaron también a disparar, y bastante enérgicamente, con sus cuatro culebrinas de popa.

—¡Vaya! ¡Los lobeznos de Asia! —barbotó Metiub, al escuchar el silbido de los proyectiles—. ¿Desean enseñarnos los colmillos a nosotros, los Tigres del Norte? ¡Música, artilleros!…

Y, volviéndose hacia la escotilla central, inclinó otra vez la cabeza para gritar:

—¡Más latigazos, maestres! Es preciso alcanzar la galeota para tomarla al abordaje.

La galeota acreció su velocidad a costa de las desnudas espaldas de los galeotes, quienes aullaban de dolor. Los desdichados, encadenados a los bancos y condenados a morir a tiros o ahogados si hundían la nave, no remaban con premura, sino forzados por los golpes que se abatían sobre ellos por todas partes.


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