El León de Damasco

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También la galeota, aunque el número de sus remeros era menor, realizaba perceptibles esfuerzos por conservar la distancia, que por desgracia disminuía paulatinamente, y respondió con vigor a los de la galera, descargando con tino sus cuatro culebrinas de popa.

Haradja, sentada en medio de la galera, entre los dos palos, contemplaba plácidamente a sus hombres, afanados en cargar y descargar los cañones. Ni un simple músculo de su rostro se alteraba y mantenía su tranquila sonrisa, a pesar de que los proyectiles silbaban a su alrededor, matando a uno u otro remero, destrozando algún remo y perforando las velas.

En dos ocasiones le aconsejó el capitán de armas que se retirara, pera la altiva sobrina del temible bajá no le contestó siquiera.

No obstante, un rumeliota y un albano se desplomaron a breves pasos de ella, segados los dos por los proyectiles de la galeota, y quedaron en la toldilla, desangrándose.

Metiub, que deseaba terminar cuanto antes y que no quería que a su señora le ocurriera nada, por temor a incurrir en el enojo del temible y despiadado bajá, estimulaba a sus artilleros y a los arcabuceros, puesto que ya ambos veleros se hallaban a una distancia en que las armas de corto alcance también podían ser útiles.


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