El León de Damasco

El León de Damasco

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De vez en cuando ordenaba dar media vuelta a la galera para que fueran empleadas las piezas de los costados, arrojando andanadas por babor y estribor.

La lucha, dura y tenaz, se prolongaba desde hacía más de media hora, entre abundancia de humo y estruendo, pero sin notables resultados prácticos, ya que el movimiento que los remos obligaban a dar a la nave tornaba difícil la puntería. De haber soplado viento, la cosa habría variado y en los dos veleros se habrían podido apreciar daños, ya que los turcos contaban en aquella época con magníficos artilleros que podían enfrentarse sin desventaja con los de la República de Venecia.

Ya la galera, que seguía ganando terreno, se disponía para el ataque final, cuando surgieron en el horizonte cincuenta naves de guerra dispuestas en línea y que cerraban el paso a la galeota.

—¡Ya está en nuestro poder! —exclamo Metiub, dando orden a los artilleros de que dejaran de disparar.

Realmente la galeota no podía confiar en huir. En cuanto sus tripulantes se cercioraron de que todas aquellas galeras enarbolaban la sangrienta enseña del Gran Bajá, intentó en vano tres o cuatro bordadas, dejó de disparar, soltó los remos y arrió las velas. La bandera del bajá de Damasco fue coronada por otra blanca de rendición.


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