El León de Damasco

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—¿Estás satisfecha, señora? —inquirió Metiub, dirigiéndose hacia Haradja, luego de mandar a los cómitres que no dejaran a los galeotes reducir la marcha.

—Pero… no distingo al bajá.

—Se hallará enfermo.

—No obstante, está su capitán de armas, ¿no es cierto?

Él es quien dirigió los disparos.

—Manda situar los peines de arpones en los dos palos y que dispongan el juego de poleas.

Metiub la examinó fijamente.

—¿Me has entendido? —gritó ella, con impaciencia.

—¡Los peines de arpones para un bajá!… Piensa lo que vas a hacer, señora.

—¡Bah! Mi tío tiene mucha influencia en Constantinopla. Además, no sabes qué pienso hacer.

Se había incorporado y desenvainó el sable, mientras sus arcabuceros, con las mechas preparadas, aguardaban sus órdenes para efectuar una descarga. En cinco minutos escasos la galera abordó a la galeota, retiró sus remos para que no se estropearan con la embestida y la engarfió con los ganchos, sin disparar un tiro.

—¡Entregaos! —ordenó Metiub.


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