El León de Damasco
El León de Damasco —Opino que no se deben desperdiciar las ocasiones de perjudicar en todo lo posible a los turcos. Atacar, y mucho menos apresar, la galera del bajá no es posible, como no sea por un milagro. Pero Hussif no es CandÃa, y alrededor de aquel castillo los turcos son poco numerosos, mientras que aquà pululan igual que moscas. Si lo deseáis, duque, os proporcionaré una escolta de leales guerreros para que os acompañe.
—No, señor capitán general —adujo el renegado—. Tres o cuatro hombres pueden eludir a las avanzadillas turcas, pero si fuesen más, no me comprometerÃa a salvar sus vidas.
—¿Siguen merodeando por el campo sus patrullas?
—SÃ, señor conde.
—La noche va a ser oscura, ya que oigo sonar el trueno. Vete. Eres aún el León de Damasco, y los turcos, a pesar de todo, te respetan y te temen todavÃa.
—Gracias, Leonor. Lo único que lamento es dejarte sola…
—El capitán general de CandÃa cuidara de vuestra esposa, amigo mÃo, marchad tranquilo. La duquesa está bajo el amparo de la SerenÃsima.
—Mil gracias, conde. Marcho tranquilo Dios quiera que el éxito me acompañe.
—Os lo aseguro. ¿A qué hora os pondréis en marcha?