El León de Damasco
El León de Damasco —¡Ah, perros repugnantes, puercos cristianos! ¿No deseáis responder? Por el Profeta, que he de haceros empalar a todos y entregaré a los comedores de muertos vuestra carne.
Damoko bajó hasta la puerta, la abrió, reteniendo por el collar a uno de sus mastines, y exclamó:
—¿Quién vive?
—Cerdo cristiano, ¿tan pesado es tu sueño que no oyes la voz de un kaymakan?
—Estuve labrando el campo todo el dÃa y me fui a la cama agotado.
—¿Tú eres Damoko?
—SÃ.
—¿Un renegado?
—SÃ.
—¿Estás solo?
—No. Conmigo habitan mis dos cuñados.
—Y, a lo que parece, también perros.
—Y temibles, effendi.
—¿Cuántos son?
—Dos.
—Antes que penetre en la casa te ordeno que los mates.
—¿Que mate a mis perros? No pienso hacerlo, effendi.