El León de Damasco
El León de Damasco —Unas sombras avanzaban hacia la granja, sombras de hombres a caballo medio cubiertos por la polvareda que levantaban al correr sus cabalgaduras. Damoko, que tenía una vista magnífica, a pesar de sus años, contempló detenidamente al pelotón, que no parecía tener gran deseo de combatir, y anunció:
—Trece; ni uno más ni uno menos. Esa gente será transformada esta noche en ceniza.
Una ronca voz se alzó, gritando:
—¿Quién vive?
—No contestéis —ordenó Damoko.
Pasaron unos segundos. Después, la misma voz, que resultaba muy desagradable, añadió con fiero acento:
—¡Perros cristianos! ¿Queréis o no, contestar? Soy un kaymakan y tengo un pelotón de caballería a mis órdenes.
Los tres candiotas iniciaron una muy prudente retirada, no deseando entablar combate, ya que no tenían la seguridad de si detrás de aquellos turcos llegaban otros soldados.
—Enciende ahora una luz, Kitar. De todas maneras hemos de recibirlos…
El kaymakan, erguido a doscientos pasos de la granja, continuaba maldiciendo a gritos, como si hubiese enloquecido.