El León de Damasco

El León de Damasco

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Damoko y sus cuñados quedaron al acecho ante la puerta, luego de apagar la luz, protegiéndose detrás de dos o tres gaviones. En el gran silencio que reinaba se oía ladrar a los mastines y, al mismo tiempo que los ladridos, un fragor sordo, pesado, que delataba el paso de fuerzas a caballo.

—Se aproximan. Hacia el alba estarán aquí.

—¿Piensas que serán muy numerosos?

—No lo creo. Con semejante silencio, un escaso número de caballos producen gran fragor.

—¿Y confías en salvar a nuestros huéspedes?

—Y también la granja. Esta vez abonaremos nuestro viñedo con sangre mahometana. Procurad que no escape ni un solo para evitar que pueda explicárselo al visir.

—No te inquietes, padre —respondió Kitar.

—Los quemaremos, tanto hombres como caballos. La leña no escasea y en la despensa disponemos de dos zafras llenas de aceite.

—¿Acudirán nuestros amigos?

—Al no escuchar el reloj abandonarán su granja, y podemos contar con seis jóvenes que matan las codornices al vuelo.

—Y un turco ofrece mucho mejor blanco que una codorniz.

—Ya llegan.

—¿Sin aguardar al alba?


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