El León de Damasco
El León de Damasco —Sí, amo.
—Compadre Damoko, en retirada, pues.
Los cuatro hombres llegaron a la granja, donde ya había de nuevo luz. El reloj estaba parado, y los mastines, en silencio. Damoko destapó las tres zaras que solo habían contenido agua y dijo a los fugitivos:
—Pronto; meteos dentro con los arcabuces y las espadas. Puede ser que tengamos que luchar con esos canallas.
Muley-el-Kadel arrugó la frente.
—¡Yo esconderme! —exclamó.
—Señor —observó el griego—, la guerra tiene sus exigencias y sus necesidades. A veces vale más la astucia que el valor y la audacia. Una bala sale muy pronto y parte el corazón o perfora los pulmones.
—Es cierto.
Apagaron las mechas y se metieron dentro de las grandes cántaras, en donde cabían bien. Damoko las tapó de modo que pudiera penetrar el aire y luego soltó a los perros, los cuales se lanzaron a la carrera por la tétrica llanura ladrando furiosamente. Eran luchadores a quienes no atemorizaban las cimitarras.