El León de Damasco

El León de Damasco

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—¿Cuál es vuestro consejo, Damoko? ¿Reanudar el galope y escapar?

—Vuestros corceles, aunque de buena raza, están casi extenuados. Nuestros campos son difíciles de atravesar y son capaces de matar a los mejores árabes esas ininterrumpidas ruinas abarrotadas de huesos. Retornemos a la granja y dejad que intente realizar mi proyecto.

—¿Pretendéis escondernos?

—Sí, en el interior de las zaras.

—¿Y en el supuesto de que los turcos levanten las tapaderas de esas tinajas?…

—Espero burlarme de ellos.

—¿De qué modo?

—Veréis. Kitar, Kara, id a llenar del mejor vino todos los vasos y ponedlos en la mesa.

—Sí, padre —respondieron los dos hermanos, que tenían costumbre de dar tan dulce nombre a su cuñado desde que habían sido asesinados todos sus parientes por los implacables enemigos de la cruz. Y se fueron corriendo hacia la casa, después de apagar las mechas de sus arcabuces.

—Vayamos también nosotros. No sabemos cuántos son los turcos, y con las armas de fuego no hay que jugar.

—¿Ves algo tú, Mico?

—Sí: una nube de polvo que avanza lentamente.

—¿Pero avanza?


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