El León de Damasco
El León de Damasco —Lo sé, señor Muley. La SerenÃsima no puede hacer más en este instante, ya que una escuadra no se improvisa.
—¿Imagináis que Ventero puede intentar alguna cosa?
—A pesar de sus setenta y cuatro años, continúa siendo el marino más osado de la Reina de los Lagos. Los años no pueden domeñar a ese hombre. Cualquiera dirÃa que por sus venas corre bronce en lugar de sangre.
—¿Le habéis visto?
—En Capso, hace tres dÃas.
—¿ParecÃa tener intención de atacar a los mahometanos?
—Ha venido hasta las aguas de CandÃa para luchar y no para descansar, señor Muley. A pesar de que tiene un pie herido, no es capaz de permanecer tranquilo en su galera.
—¿Es buena?
—Sesenta cañones y cinco órdenes de remos. No sé si habrá alguien que pueda apresarla, ni siquiera los turcos.
—¡Callad! —advirtió el albanés—. Los turcos se aproximan.
—¿Cómo lo sabes, Mico?
—Señor, por el polvo que levantan sus caballos, que forma como una nube.