El León de Damasco

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CAPÍTULO XII

LA CABALLERÍA TURCA

Las tinieblas imperaban en el exterior. Otra vez nuevas brumas tapaban las estrellas y el alba habría de tardar todavía casi una hora. El viento reposaba en calma absoluta y semejaba gravitar sobre la tierra algo invisible y tenebroso que absorbía cualquier rumor, cualquier ruido, haciendo adquirir a las plantas y al cielo la inmovilidad de las cosas muertas.

En la granja reinaba así mismo el silencio. Los perros, como si intuyesen que con sus gruñidos podían hacer peligrar las vidas de sus dueños, callaron. Solo por encima de las hojas de la vid se percibía, de vez en cuando, el tétrico graznido de algún buitre.

Los seis hombres avanzaron cautelosamente unos cincuenta metros y después se adentraron entre las ruinas para ocultar mejor las mechas de los arcabuces.

—¡Menuda nochecita para librar un combate, Damoko!

—Peores las he visto, Nikola… ¡Ah, qué turcos! No podrá haber paz hasta que una de las dos razas sea aniquilada… Y de momento somos nosotros los que llevamos la peor parte.

—Venecia no ha perecido todavía y, como comprobaréis, a costa de mil riesgos y sacrificios, por ahora no nos deja.


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