El León de Damasco
El León de Damasco LA FEROCIDAD DE LOS TURCOS
El capitán de armas del Bajá de Damasco, ante aquella brutal conminación, se indignó y levantó con gesto amenazador los brazos, con la mano derecha armada de su cimitarra y empuñando en la siniestra una de aquellas largas pistolas incrustadas de nácar de que tan buen uso hacían los turcos de Asia Menor.
—No me has derrotado —replicó, colérico—. Ninguno de tus hombres ha saltado todavía a mi galeota para arriar la bandera de mi señor.
Haradja alargó el brazo e indicó las cincuenta galeras del Gran Bajá que se encontraban detenidas a menos de una milla.
—Pasa por entre esa línea si tienes valor.
—¿Y por qué razón me impedís el paso si a mi señor le esperan en Constantinopla?
—Mi tío y yo estamos enterados. ¿Te entregas?
—Ya te dije que ninguno de tus hombres ha saltado todavía a mi nave.
—¡Salta, Metiub!
El capitán de armas del castillo de Hussif juntó los pies y saltó, empuñando un sable de abordaje. El otro le cortó bravamente el paso, como buen turco del Asia Menor. De inmediato trabóse el combate, disputado y bravo.
