El León de Damasco

El León de Damasco

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El damasceno hubiera podido matar al atacante de un disparo, pero, leal y noblemente, tiró al suelo su arma, empuñando con la mano izquierda un sólido yatagán de una anchura de tres dedos.

Metiub, atacando con energía, tuvo que reafirmarse en la baranda, advirtiendo que tenía ante sí a un terrible enemigo.

Las dos tripulaciones permanecieron inmóviles, con los arcabuces dispuestos y las mechas humeantes, prestas a disparar a la primera señal y a lanzarse una contra otra en el instante en que se les ordenara.

Haradja, con un brazo apoyado sobre una culebrina, presenciaba impasible el duelo, confiando en la habilidad y maestría de su capitán de armas.

Ambos contendientes, cubiertos de hierro y de mallas de acero de fabricación milanesa, que era la mejor y la única de que en aquel tiempo se proveían los cristianos y los infieles de Europa y África, se acometían con verdadera ferocidad, cambiando entre sí tremendos golpes que provocaban exclamaciones de admiración entre los espectadores de los dos navíos.

Sus corazas parecía que iban a deshacerse, mas no cedían. Ambos hombres, a cada terrible golpe que recibían o propinaban, lanzaban rugidos que hacían sonreír, complacida, a Haradja.


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