El León de Damasco
El León de Damasco Por espacio de cuatro o cinco minutos los dos capitanes pretendieron abrir los almetes, puesto que no podían atravesar las corazas. En aquel momento el del bajá de Damasco dio un paso en falso y se desplomó de espaldas, con gran ruido de hierro, dejando caer instintivamente cimitarra y yatagán. Metiub aprovechó aquella circunstancia para colocarle el arma en el cuello.
—¿Le mato? —indagó, volviéndose hacia Haradja.
La sobrina de Alí vaciló un instante y dijo:
—No. He de hablar con el vencido.
—Incorpórate —indicó Metiub a su contrincante.
Este se puso en pie con agilidad, cogió de nuevo su cimitarra, la partió, lanzóla al mar y contestó a la joven:
—Si fui vencido, ha sido por un accidente casual y no por el esfuerzo de mi enemigo. Ya hace tiempo que conozco la siniestra fama de que disfruta la sobrina del Gran Almirante. Pero aquí me tienes.
Y de un salto pasó a la galera y se colocó a dos pasos de Haradja, cruzándose de brazos con desdén.
—¿Qué deseas de mí? ¿La vida? Tómala.
—Solamente pretendo averiguar dónde se encuentra tu señor.