El León de Damasco

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Y con una rápida mirada se cercioró de que los peines del tormento se hallaban fijados a los dos palos de la nave, frente por frente las aceradas púas de sus correspondientes arpones.

—Se encuentra enfermo en su camarote.

—¿Qué le ocurre?

—Tiene malos los pies.

—Se comen demasiados pollos en Damasco… Cierto que son los mejores.

—Tú no se los has visto comer. Su enfermedad podría deberse a la mucha arena que el viento arroja sobre la ciudad y la excesiva humedad nocturna.

—No me interesa. Deseo saber otra cosa.

—Pregunta.

—Ahora a ti; luego a tu señor.

—Espero.

—¿Hacia dónde vais?

—Nos dirigimos a Constantinopla, requeridos por una carta del sultán.

—¿Escrita por el Visir?

—Al menos, eso creo. No siendo que se haya tramado una despreciable conjura para arruinar a mi señor. ¿No es cierto que es posible?

—Ve a preguntadlo a Constantinopla.

—Déjame ir.

—Ahora no. Acaso después, una vez que hayas hablado.


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