El León de Damasco
El León de Damasco LA ENSENADA DE CAPSO
Los turcos, al distinguir al terrible guerrero, se incorporaron y retrocedieron un paso. Sintieron henchir sus pechos de admiración hacia aquel audaz León, que tan numerosas hazañas había realizado luchando con las huestes del Islam.
Las otras dos cántaras también se destaparon y surgieron de ellas el albanés y el griego, prestos como siempre a combatir al aborrecido enemigo.
El kaymakan, lleno de estupor, no se sentía con fuerzas ni para dar órdenes a sus soldados, los cuales contemplaban con ojos aterrorizados a aquellos seis hombres armados y a los dos mastines, que ladraban furiosamente en el fondo de la habitación, deseosos de abalanzarse sobre los turcos.
—¿Qué deseas del León de Damasco, di?
—¿Eres tú el León de Damasco? —exclamó, por último, el kaymakan, haciendo rápidos molinetes con la espada para cubrirse de los mandobles que esperaba le tirara el otro—. El bajá ha prometido cinco mil cequíes por tu captura, y si bien yo tengo hacia ti aún gran aprecio, no pienso dejarte escapar.
—Ven a apresarme.
—¡Eh, a él! —gritó el jefe a sus soldados—. Es una presa que vale oro en polvo.
