El León de Damasco

El León de Damasco

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Con gran sorpresa observó que sus hombres, junto a la mesa, no parecían desear entrar en combate con tan famoso guerrero.

—¡Ah, miserables! —exclamó colérico—. Haré que el bajá os haga empalar a todos. ¿Quién es el León de Damasco para que os aterrorice? Un renegado a quien voy a castigar yo mismo.

—¡Tú! —dijo despectivamente Muley—. Son necesarios mejores aceros que el tuyo para enfrentarse al mío. Ni tan siquiera eres discípulo de Metiub.

El turco, excitado por el mucho vino libado, avanzó audazmente agitando la cimitarra y gritando:

—¡Ah! ¿De manera que no soy ni discípulo de Metiub? Voy a demostrarte que me basto y me sobro para derrotarte a ti, hijo de un bajá, que te has transformado en un asqueroso cristiano.

—¿Sin el auxilio de nadie?

—Sin auxilio. Soy lo bastante experto para segarte la cabeza con mi cimitarra.

—Lo que tú eres es un parlanchín, marioneta.

Los soldados estallaron en risas. El kaymakan, más enfurecido aún al ver que se reían de él sus propios subordinados, se precipitó contra el León de Damasco, asestando tajos sin cesar como un loco.


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