El León de Damasco

El León de Damasco

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Muley no deseaba que su espada chocara contra la sólida cimitarra, ya que era menos resistente, por miedo a quedar desarmado, y evitaba los mandobles doblando el cuerpo y saltando a derecha e izquierda, en tanto que acechaba la ocasión para lanzarse a fondo y darle una estocada mortal.

El kaymakan creyó que aquella prudencia era temor. Propinaba formidables tajos al aire y a las cántaras con gran júbilo de sus soldados, cuyas risas le exasperaban. A pesar de que no era hábil en la esgrima, resultaba un enemigo peligroso con aquella pesada y sólida cimitarra.

Los turcos, los candiotas, el albano y Nikola presenciaban el duelo como simples espectadores. Los cuñados de Damoko retenían a los mastines, deseosos de intervenir en la lucha.

El combate hacía ya un par de minutos que duraba y una de las grandes tinajas se había destrozado a causa de un golpe de cimitarra, cuando todos vieron cómo el León de Damasco hacía avanzar su espada de improviso exclamando:

—¡Muere!


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