El León de Damasco

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Su acero se dirigió en dirección al cuello y, entrando por la gola, atravesó la garganta del turco. Este contempló a su adversario con profundo odio y, fallándole de pronto las fuerzas, cayó al suelo con estrépito, abandonando en su caída la cimitarra que no había sido capaz de salvarlo.

Los guerreros, al ver desplomarse a su jefe, en lugar de entablar combate decididamente, se dieron a la fuga presurosamente, perseguidos por los perros, que pretendían morderles en las piernas, las cuales se hallaban por suerte resguardadas por las grebas.

Cuando alcanzaron el punto donde se encontraban los caballos, montaron y se alejaron a toda prisa, deteniéndose a unos doscientos metros de la granja. El kaymakan había fallecido. La estocada que no había tenido total éxito con Metiub terminó con aquel jefe jactancioso de la caballería otomana, y la sangre brotaba a borbotones de su herida.

Damoko se había inclinado sobre él, y luego de examinarle ordenó a sus cuñados:

—Llevadlo al exterior. Está muerto.

Cuando sacaban el cadáver, los soldados dispararon sobre Kara y Kitar algunos pistoletazos. Pero las pistolas de aquel tiempo no tenían demasiado alcance para ser certeras.


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