El León de Damasco
El León de Damasco —Triunfo inútil —comentó el León obligando a salir de allà a los perros, que estaban bebiendo la sangre del turco—. Ahora nos asediarán.
—No os inquietéis por ello, señor. El reloj continúa parado y esta tarde acudirá a este lugar gente armada y valerosa resuelta a todo.
—DesearÃa atacar a esa canalla. Tengo la certeza de que no resistirán nuestro asalto.
—Yo también estoy seguro. Pero un tiro de pistola, aunque sea disparado por un cobarde, puede terminar con el hombre más valeroso que exista bajo la capa del cielo. Dejadlos; ya ajustaremos las cuentas con ellos.
—¿Y si mandan a alguien al campamento en busca de refuerzos?
—Eso ya está previsto, señor Muley. Kitar se ha situado en lo alto de la torre con su arcabuz listo y al primero que observe que se marcha le matará. Mi cuñado es un magnÃfico tirador y no falla un blanco incluso a quinientos pasos. ¿Deseáis que vayamos a examinar lo que hacen los sitiadores?
—Estaba a punto de proponéroslo.
Cogieron los arcabuces, encendieron las mechas y salieron acompañados de Mico, Nikola, Kara y los perros.
Los soldados, a pesar de hallarse sin jefe, no parecÃan decididos a marcharse. HabÃan colocado en torno a ellos los caballos para que estos hicieran las veces de parapeto y deliberaban, gesticulando con excitación.