El León de Damasco
El León de Damasco —Se les ha metido en la sesera que han de apresarnos —comentó Damoko—. Son doce, pero con nuestros amigos de la otra granja nosotros llegaremos a los diez o los once y… ya se verá. ¡Ah! ¡Me lo figuraba!
Uno de los guerreros no tardó en montar a caballo y emprendió el galope en dirección al campamento.
—Dejad esa misión a Kitar —aconsejó el candiota, viendo que Muley estaba apuntando con el arcabuz.
—¿Y si errase el tiro?
—No fallará.
Casi no se habÃa alejado ni trescientos pasos el corcel cuando retumbó un disparo. Kitar habÃa acertado desde el campanario, ya que el mahometano abrió los brazos y se desplomó en tierra.
—¡Ahora al caballo! —exclamó Damoko.
Casi al momento sonó un segundo estampido y el animal, luego de encabritarse y relinchar, cayó muerto a quince pasos de su amo. El León de Damasco no habÃa sido menos certero que Kitar.
Los turcos, aterrorizados, descargaban sus enormes pistolas contra los cinco hombres. Sin embargo, aquellas armas no alcanzaban más de una veintena de metros. Después, subiendo a los caballos, marcharon a acampar en mitad de la viña de Damoko.
—Lo lamento por vuestra uva —dijo Muley en tono jocoso.