El León de Damasco
El León de Damasco —¡Oh! De todas maneras no pensaba pisarla yo toda este año, puesto que cuando los turcos están en guerra se apoderan de todo lo de los cristianos, e incluso de lo de los renegados.
—Pero —observó Mico—. ¡Vaya terquedad la de esos hombres! ¡Pues no nos ponen sitio!
—Son valerosos —adujo el León de Damasco.
—¿Y vamos a estar quietos sin hacer nada?
—No seas apresurado, joven —le respondió el granjero—. Esperaremos a la tarde, y ya que los atacantes nos dejan tranquilos, almorcemos. Poca cosa tengo para ofreceros, ya que impera la miseria en el campo. Pero el que da lo que tiene…
Kara penetró en la estancia y puso la mesa al instante. La comida era más bien postre. ConsistÃa en una olla llena de koisé, es decir, acelgas condimentadas con magnÃfico aceite, leche y pan corriente, cocido unos meses atrás. A pesar de que los turcos proseguÃan lanzando alaridos y disparando sus pistolas, todos comieron con excelente apetito, sin olvidar a Kitar, que continuaba vigilando en lo alto de la torre.
Hacia el mediodÃa la situación no habÃa variado. Los turcos no se atrevÃan a enviar de nuevo a otro jinete, por temor al certero arcabucero, que los distinguÃa, aunque se encontraban ocultos entre el viñedo.
Comentó Damoko ofreciendo un chibuquÃ, repleto de rubio y oloroso tabaco, al León de Damasco: