El León de Damasco

El León de Damasco

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—Los turcos nos están vigilando. Pero me parece que no se decidirán a atacarnos.

Como para contradecir aquella afirmación, sonó en aquel instante otro disparo de arcabuz. Acto seguido la voz de Kitar gritó:

—¡A las armas!…

Los cinco asediados se precipitaron fuera de la estancia y distinguieron a los musulmanes a caballo, con las pesadas cimitarras desenvainadas y dispuestos al parecer a realizar una carga a la desesperada.

—¡Alto, locos! —exclamó el albano, abriendo fuego con su arcabuz.

Los jinetes se precipitaron valerosamente y audazmente, lanzando salvajes alaridos, contra la granja.

—Quita la cadena a los perros, Kara —ordenó a este su cuñado.

Ambos mastines se abalanzaron hacia adelante con gran rapidez, ladrando con gran furia y amenazando con morder las patas de los caballos. Muley, Nikola y Mico proseguían disparando, si bien con escaso acierto, ya que los jinetes avanzaban entre las viñas, medio escondidos tras los pámpanos y hojas.

Los mahometanos, al no contar con su kaymakan, habían vacilado mucho antes de decidirse a efectuar aquel decisivo asalto, que podía hacerlos dueños de la granja.


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