El León de Damasco
El León de Damasco Los mastines, acostumbrados a la pelea, espantaban a los atacantes con simuladas acometidas, esquivaban con facilidad los golpes de cimitarra y los pistoletazos y asustaban a los caballos, que se dispersaban y hacían desesperados intentos por librarse de sus jinetes.
Después de una media hora de inútiles esfuerzos, los turcos consiguieron al fin agruparse y se lanzaron al galope tendido contra la granja. En aquel momento se le presentó a Mico la oportunidad de asestar un buen golpe, y apuntando a un sargento que adelantaba la cabeza esgrimiendo su curvado acero descargó el arcabuz. La bala dio en el blanco. El desgraciado calló de la silla. Los mastines se abalanzaron sobre el caído a fin de rematarlo con sus formidables colmillos, y la labor no duró mucho tiempo.
—Ya son solamente diez. Los atacantes desaparecen al igual que las nieves del monte Líbano cuando el sol empieza a morderlas. ¡Si intentásemos un asalto!…
—No, señor Muley. Sois mis huéspedes y he de procurar salvaros.
—Pero si esa gentuza se dará a la fuga en cuanto nos vea sobre los caballos. Mandad que traigan los corceles y llamad a los perros.
Damoko hizo un gesto con la cabeza.
—No —repuso—. Si el León de Damasco muriese, sobre mí recaería tanto el odio de lo mahometanos como el de los cristianos.