El León de Damasco
El León de Damasco —Esperad, señor.
En aquel momento se oyó dar varias horas seguidas al reloj, que hasta entonces había permanecido parado. El valeroso candiota lanzó una exclamación.
—Eso significa que los socorros se aproximan. Kitar, para prevenirnos, ha dado cuerda al reloj. Kara, prepara los caballos, en tanto que nosotros tenemos a raya a esa chusma.
Los jinetes, acosados de continuo por los mastines, luego de flanquear en frenética carrera la granja, retornaron al viñedo a fin de resolver lo que debían hacer a escondidas. Muley, Damoko, el albanés y el griego siguieron disparando. También Kitar, desde su puesto, disparaba, intentando reducir el número de turcos, más que nunca obstinados en aquel asedio tan poco afortunado. Habían abierto fuego una veintena de veces sin resultado apreciable, cuando surgió Kara ante la puerta con los caballos.
—Montemos —dijo—. Nuestros amigos ya están a poca distancia.
Los candiotas poseían también soberbios caballos, si bien no eran de pura raza árabe, sino cruzada con la de estepa turca.