El León de Damasco
El León de Damasco —¡Ah, miserable! ¿Qué intenta? ¡Pretenderá hacer de él un pequeño mahometano! Como vos habéis renegado del Islam, ese bandido habrá pensado, a cambio, proporcionar otro secuaz al profeta.
—Al parecer todo ha sido cosa de Haradja.
—¿Haradja? ¿La castellana de Hussif?
—SÃ, almirante.
—Cierto es que es sobrina del bajá, pero que no caiga en mis manos, puesto que no miraré que sea mujer. ¿Dónde está vuestro hijo? ¿En la nave almirante?
—Sà —repuso Nikola—, y encerrado en el camarote del centro.
—¿Le han maltratado?
—Hasta el momento, no. Abandoné la galera almirante y pude cerciorarme de ello.
—Si no me equivoco, tú eres marinero del bajá.
—SÃ, almirante.
—He aquà un hombre que puede ser de gran utilidad —murmuró Veniero—. ¿Con cuántas galeras cuenta el bajá?
—Con doscientas, señor. Y todas en magnÃficas condiciones y muy bien armadas.
El almirante hizo un gesto de desaliento, pero no tardó en recuperar todas sus energÃas.
—¡Cualquiera sabe! —comentó para s×. Una sorpresa siempre podrÃa…
Clavando los ojos en Muley, añadió: