El León de Damasco
El León de Damasco —No, señor almirante. No debéis levantaros para saludar a Muley-el-Kadel.
El nombre del bravo y antiguo musulmán gozaba ya de gran reputación en Italia, y Veniero le contempló con gran interés, en tanto que le respondÃa:
—¡El León de Damasco! Vuestro nombre es demasiado bien conocido en Venecia para que todo buen veneciano no se sienta complacido de veros. ¿Llegáis de CandÃa?
—SÃ, almirante.
—¿Qué pasa por all� ¿Terminará aquella infortunada ciudad igual que Famagusta?
—Se aguanta, se lucha de dÃa y de noche y se muere por la SerenÃsima con el nombre de Jesús en los labios.
—¿De manera que su caÃda no puede considerarse como inmediata?
—¡Oh, no! TodavÃa tiene que dar mucho trabajo a los turcos antes que se decidan a lanzarse al asalto.
—Si habéis tenido el atrevimiento de abandonar la ciudad para venir en mi busca, no cabe duda de que tenéis alguna poderosa razón para ello.
—El bajá ha raptado a mi hijo, que vivÃa en el palacio de Loredán, en el Gran Canal.