El León de Damasco
El León de Damasco Venecia, que si bien con muy menguada flota, estaba acostumbrada a combatir a los turcos, acepto el reto, y ya sabemos lo que ocurrió[6].
Perdida, por último, la isla, Venecia, espantada y temiendo que al crecer el poderÃo turco terminara por tomar todos sus dominios orientales, volvió la vista a PÃo V, solicitando de él que ejerciera influencia sobre los Estados cristianos para que la ayudaran.
Él papa no desatendió aquella demanda de ayuda y pronto consiguió el apoyo de Felipe II[7], rey de España, quien envió a Italia una formidable escuadra, bajo el mando de Juan Andrés Doria. El pontÃfice puso a disposición de la República su flota, a las órdenes de Marco Antonio Colonna. Mientras tanto, todos, de común acuerdo, se disponÃan a asestar el golpe definitivo, en el golfo de Lepanto, al poderÃo otomano.
En el momento en que el León de Damasco y sus amigos llegaron ante la nave capitana, el anciano almirante, todavÃa despierto, hablaba con su sobrino Lorenzo, ya vencedor, a pesar de que casi era un adolescente. Se hallaba sentado en el castillo de popa y tenÃa la pierna extendida sobre una silla.
Al ver a Damoko y a Nikola, a quienes ya conocÃa y de los que habÃa tenido ocasión de apreciar otras veces su patriotismo veneciano y su aborrecimiento hacia los turcos, hizo intención de incorporarse. Pero el León de Damasco se acercó para impedÃrselo y dijo: