El León de Damasco
El León de Damasco —Sí, lo fui, pero no en el de Venecia: mi mujer me aventaja.
—Galantería de auténtico caballero.
—No, almirante. Mi esposa, como bien habéis afirmado hace un momento, es la mejor espada de la cristiandad.
Sebastián calzó su pantufla, pues no podía soportar el peso del escarpe, y con un gran esfuerzo se incorporó.
—No se ganan los combates hablando, como ha advertido, si bien con algún retraso, el Senado de Venecia.
Avanzó unos pasos sin apoyarse en nada ni en nadie y, poniéndose ante Muley, le preguntó:
—¿En primer lugar el padre o el hijo?
—El hijo —contestó el León de Damasco.
—¡Ah! ¡Si pudiese preparar una trampa a ese endiablado bajá con escasas galeras!
—¿Y por qué razón no, almirante? —adujo Nikola—. Con remitir a ese malvado una carta ordenándole que acuda en seguida a recibir instrucciones del sultán… Desde luego es cierto que para ello se precisaría poseer un sello de los sultanes.