El León de Damasco
El León de Damasco —Dispongo de dos que me regaló el conde Moceñigo —repuso el almirante—. Los cogió en una galera turca cuando su audaz golpe de mano frente a Constantinopla. ¡Ah! ¡Ese sà que fue un excelente marino! Si Venecia hubiese dispuesto de un par como él, en este momento la escuadra de AlÃ-Bajá se encontrarÃa en el fondo del Mediterráneo… Pero aún no está todo perdido. Ya llegará nuestra oportunidad y aniquilaremos el poder naval otomano. De forma, que decÃas, Nikola, que podrÃa escribir una misiva a AlÃ… ¡Hum! Es demasiado desconfiado para que caiga en la celada. No obstante, se puede intentar…, siempre que encontremos un hombre para llevar la carta.
—Aquà me tiene usted a mà para llevar a cabo tal misión, señor almirante —dijo Mico—. El bajá no me ha visto en su vida y puedo pasar ante él por un turco más o menos real.
—Reconozco tu bravura. Pero te debo prevenir que los turcos no se andan con contemplaciones y que acaso te descuartizarÃan vivo, como a Lorenzo Tiépolo que contaba setenta años, o te hicieran pedazos igual que a Astorre Baglione, o te mataran con navajas de afeitar como a Marco Antonio Bragadin.
—Ya conozco la crueldad de esos miserables —repuso el albanés—. Pero os garantizo, señor almirante, que llevaré la carta si alguien me acompaña en la canoa que me entregaréis para ello.