El León de Damasco

El León de Damasco

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—Si me desembarcas antes que lleguemos junto a la flota —intervino el griego—, yo voy contigo.

—De acuerdo, amigo. Únicamente aguardo la carta y una chalupa de vela.

—Al momento estará preparada —aseguró Veniero—. Conozco bien el turco y lo escribo con toda corrección. Confiemos en que el bajá, por esta vez, abandone su acostumbrado recelo y caiga en la trampa.

Con ayuda de su sobrino entró en el cuarto, en tanto que los marineros, a una orden suya, echaban al agua la canoa más ligera, proveyéndola de una vela latina y dos remos.

El León de Damasco se aproximó con viveza a Mico y preguntó:

—¿Te será posible?…

—Os comprendo, señor. Desearíais que intentara libertar a vuestro hijo del poder de Haradja.

—Y tienes hecha tu fortuna.

—No deseo la fortuna, señor. Pero considero tal empresa muy superior a mis fuerzas. No obstante, os aseguro que si puedo intentar ese golpe, lo procuraré sin preocuparme por mi vida.

Regresaba ya el almirante al castillo de popa, llevando en la mano una carta cerrada con un gran sello.


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