El León de Damasco
El León de Damasco —Ten, para el bajá —anunció, dándosela al albano—. Si te pregunta qué hay dentro, contesta sencillamente que noticias del sultán. No vendrá; pero si no se incurre en alguna imprudencia, acaso caiga en la celada, ya que a fin de cuentas Alà no es Mahoma. ¿No sentirás temor?
—No, señor almirante. Si la lancha está lista, nos pondremos en marcha ahora mismo…, contando con que Nikola venga conmigo.
—Entonces, vamos —replicó el griego—. Yo conozco con toda exactitud la situación de la flota del bajá en la ensenada de CandÃa. Si yo tuviese fuego griego, me serÃa posible incendiar la galera almirante sin temor a errar.
—¿Y mi hijo? —interrumpió el León de Damasco.
—Estáis en lo cierto señor. El niño no permitirá muchas empresas audaces.
—¿Deseas que embarque contigo, Nikola? —inquirió Muley.
—De ninguna manera —objetó el almirante—. Los turcos se alegrarÃan demasiado si pudiesen desollarlos. Dejad a estos bravos que se las compongan ellos solos.
—¿La lancha?… —indagó Mico.
—Está preparada ya —repuso un oficial—. Podéis embarcar cuando os plazca.