El León de Damasco

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—En marcha, Nikola.

—Una palabra —dijo el almirante—: me imagino que no tardaréis menos de doce horas en alcanzar la ensenada de Candía, a pesar de que vais a tener viento muy favorable. Pero de todas maneras, procurad no llevar a cabo la empresa hasta que anochezca. De esta forma, en el supuesto de que el bajá cayera en la trampa, no podrá comprobar si los asaltantes con quienes se enfrenta son turcos o son venecianos. Id, valientes, y que san Marcos os guarde.

Ambos hombres descendieron unos instantes más tarde por una escala de cuerda a la canoa, que varios marineros retenían, ya que el viento era bastante fuerte. Se trataba de una chalupa de las que los venecianos denominaban caiccio, corta y ancha, pero buena velera y veloz siempre que la gobernara un buen timonel.

—Dejadnos —solicitó el griego a los marineros—. Ahora nos corresponde a nosotros.

—Feliz viaje, señores —contestaron los marineros, subiendo rápidamente a la galera.

—Para mí el timón y para ti la vela —indicó el griego a Mico—. Los albaneses os ejercitáis mucho en el lago de Escodra.

—Y son raros los montañeses que lo han recorrido tanto como yo, compañero —repuso el leal criado de Muley—. Podría convertirme en gaviero de primera sin necesidad de examen.


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